Posted on November 6th, 2025

Los Resúmenes Españoles – Noviembre

¡Bienvenidos a noviembre! Nosotros en Apollo Mapping estamos gustosos de tenerlos otro mes aquí en los resúmenes españoles del mes de noviembre.

Como hijo de inmigrantes mexicanos, me duele ver cómo la retórica de odio y la violencia política se han normalizado en los Estados Unidos. Muchos de nuestros padres vinieron aquí buscando una vida mejor, confiando en los valores de justicia y oportunidad que este país prometía. Ver a un líder como Trump atacar esos mismos principios no solo hiere a las comunidades inmigrantes, sino que también amenaza la esencia de la democracia que alguna vez inspiró esperanza. (nota del traductor)

Fernando Gutierrez
Topographic Translator


El núcleo blando de la Tierra – Daños colaterales

Mis abuelos dividían su tiempo entre un pequeño condominio en la ciudad y una cabaña en el bosque junto a un lago, a unos 35 o 40 minutos de mi ciudad natal. Hasta la preparatoria, pasé mucho tiempo allí, especialmente durante los veranos, cuando a veces me quedaba entre 10 y 14 días por visita. Mi hermano mayor también iba, pero rara vez coincidimos. Tal vez era más fácil para mis abuelos tener solo a un nieto a la vez, pero también, por la diferencia de edad (6 años), era difícil encontrar algo que nos interesara a ambos. Aunque, en realidad, nuestras actividades favoritas eran bastante similares: nadar y pescar en el lago, andar en cuatrimotos, disparar rifles de aire y de perdigones, y simplemente explorar el bosque. Aun así, disfrutaba enormemente mi tiempo con mis abuelos cuando iba a “la cabaña”. Había algunas reglas y recordatorios, pero por lo general el ambiente era bastante relajado.

Mi abuelo tenía una lista junto a la puerta con todas las cosas que debía recordar hacer a diario; otras para cuando volvía al condominio; y otras más para cuando iba a ausentarse por un largo período (lo cual rara vez ocurría). También había un par de recordatorios generales dirigidos más a nosotros, los nietos y otros visitantes, y los que más se me quedaron grabados al reflexionar son los relacionados con el control de alimañas. Mi abuelo tenía una política de “dispara a matar” con las ardillas listadas, porque entraban a los cobertizos y se comían el alimento de los pájaros y los ciervos, y tampoco le gustaban los topos o ratones de campo que cavaban hoyos alrededor de la casa, así que también eran presa libre —algo que a mi hermano no le costaba aprovechar. Mi abuela, por su parte, era observadora de aves y tenía poca tolerancia hacia las aves “abusonas”, como los arrendajos azules, los tordos cabeza café y los zanates. Molestaban a los pájaros más pequeños, como los juncos, vireos y herrerillos, así que esos “matones” también eran blancos permitidos. Yo no pensaba mucho en eso, y la verdad no tenía el estómago para hacerlo; después de todo, me encantaban los animales. Por eso, normalmente no participaba en esas ejecuciones extrajudiciales. Excepto una vez.

Una tarde, sentado en el porche antes del anochecer, estaba disparando al portón de madera de uno de los garajes —una actividad permitida, pues a nadie le importaba su aspecto y era un blanco amplio, lejos de las personas y sin nada alrededor que pudiera dañarse. A menudo apuntaba con la mira a algún roedor o pájaro cercano, pero rara vez apretaba el gatillo. En las pocas ocasiones que lo hacía, me sentía terrible, aunque aliviado de ser tan mal tirador, porque en realidad no quería matar a ningún ser vivo. Entonces, aquella noche fatídica, un mirlo de alas rojas apareció y empezó a hostigar a unos reyezuelos y a un herrerillo extraviado. Apreté el gatillo una vez más, y esta vez sí di en el blanco, matando al ave que había apuntado, aunque sorprendido de haber logrado alinear por fin la mano y el ojo en perfecta coordinación.

Todas las demás aves huyeron, y yo corrí hacia el lugar, con los ojos muy abiertos y sin poder hablar, notando de inmediato que había matado al pájaro —que, para ser justos, era un fastidio, pero estaba en su territorio haciendo lo que hacen los pájaros. Empecé a llorar y corrí a contarle a mi abuela. Probablemente se sintió contenta por tener una molestia menos en su santuario, pero entendió que yo estaba dolido y confundido por mis acciones. Me explicó que había hecho algo “bueno”, y luego me pidió que llevara el ave muerta detrás de la casa, a la ladera cubierta de hojas, y la enterrara allí. Nunca volví a disparar contra ningún ser vivo en la cabaña de mis abuelos. No sé si aprendí una lección como tal, pero sí comprendí en ese momento la fragilidad de la vida y lo fácil que es acabar con ella. También vi cómo una acción arbitraria puede tener consecuencias enormes. Y luego me costó justificar la muerte de ese pájaro, incluso si era razonable pensar que había sido una plaga y hacía la vida imposible a otros. No fue una buena sensación, porque no creía que el castigo correspondiera al “crimen”.

El presidente de los Estados Unidos, entre todos sus escándalos, comportamientos corruptos e iliberales y su desprecio por las normas y los precedentes, ha logrado traspasar aún más la línea roja de una sociedad democrática al ordenar ejecuciones extrajudiciales de supuestos traficantes de drogas en las aguas del Caribe; en cinco ocasiones distintas al momento de escribir esto (20 de octubre de 2025). Su vicepresidente, JD Vance, ha dicho que no le “importa una mierda” si estos asesinatos son ilegales —que, sin duda, lo son. Sin el debido proceso, y aplicando de facto la pena de muerte por una actividad no violenta (aun si las acusaciones de narcotráfico fueran ciertas) en aguas internacionales, Trump y compañía actúan bajo el estandarte de la ausencia total de límites y de respeto por la ley o la vida humana. Aunque tal vez nunca sepamos las verdaderas identidades o intenciones de quienes fueron asesinados, hay motivos para creer que algunos eran simples pescadores, trabajando en su día a día. Pero incluso si hubieran estado involucrados en actividades ilícitas, esta sigue sin ser una acción apropiada —por decirlo suavemente.

Piensa en las consecuencias de tus actos. Hay motivos para no apretar el gatillo, porque si lo haces, el daño colateral tal vez nunca termine. (Imagen obtenida de aquí, cortesía de Tima Miroshnichenko.)

Pero no es el primer acto atroz o espantoso de violencia y desprecio por la vida y la dignidad humana cometido por este presidente; esos se acumulan día a día, ya sea mediante las redadas de estilo Gestapo llevadas a cabo por las legiones sin control y en expansión del ICE, que terminan con la deportación de personas hacia países con los que no tienen ninguna conexión, o a través de la retórica que solo sirve para enardecer a lo peor de su base, animándolos a comportarse como mercenarios en su cruzada para aniquilar a cualquiera que no piense igual que ellos.
La secretaria de prensa, Karoline Leavitt, dijo de los demócratas y de quienes están a la izquierda del centro que están formados por “terroristas de Hamás, inmigrantes ilegales y criminales violentos”. Parece que ya ni siquiera “asume” que haya “gente buena” entre esa facción, una concesión que al menos Trump sí hizo en uno de sus comentarios más recordados durante su campaña de 2015 sobre los mexicanos.

Aunque muchos apoyan estas acciones aberrantes, indefendibles e ilegales, otros permanecen indiferentes, simplemente porque no les ocurre a ellos ni a nadie que conozcan. Algunos justifican que estas cosas solo les pasan a quienes no son ciudadanos estadounidenses —por ahora, tal vez. Pero la pendiente hacia el autoritarismo es resbaladiza, y Trump ya ha comenzado su estado policial, ha erosionado la confianza en las elecciones, en el gobierno federal y en los servidores públicos, y ha abierto una grieta entre la izquierda y la derecha tan amplia que ya ni siquiera podemos gritar de un lado al otro. Trump y su ejército de aduladores, incluidos sus consejeros en el gabinete y sus propagandistas en los medios de derecha, han sacrificado su credibilidad, su brújula moral y su dignidad por estar lo más cerca posible del poder. Todo aquello que criticaron de la izquierda —y, siendo justos, hay mucho en la izquierda digno de crítica y reforma (aunque nada comparable con lo que sucede en la derecha hoy en día)— ahora lo han adoptado. Ya sea en cuestiones de identidad, libertad de expresión o el uso del gobierno como arma, los republicanos de Trump son una contradicción viviente de lo que antes decían defender: ahora gotean insinceridad y engaño, una verdadera legión de combatientes de dos caras, sin voluntad alguna más que la de complacer al “Teflón Don”.

Estados Unidos está por cumplir 250 años, y bien podría terminar siendo una fecha de caducidad más que un aniversario. Fue divertido por un tiempo, pero ahora es doloroso ver cómo todo se desmorona tan fácilmente y sin que haya nadie lo suficientemente capaz o dispuesto a frenar nuestra ruina colectiva. ¿Qué más veremos que alguna vez creímos imposible? Me da miedo descubrirlo.

Marco Esquandoles
Primera fila en el basurero en llamas

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